viernes, 29 de enero de 2016

HERRAMIENTAS PARA FILOSOFAR


1.      ABANDONAR LA OPINIÓN (DOXA) PARA ALCANZAR EL CONOCIMIENTO (EPISTEME)

A un filósofo no le interesa la opinión de nadie. Eso de que “cada uno tiene su opinión” es cierto, pero a un filósofo no le interesan las opiniones de los demás… ¡ni la suya propia tampoco! No os asustéis. No es que los filósofos no quieran escuchar lo que piensan los demás, sino que lo que no quieren es aceptar sin más meras opiniones en el sentido griego de DOXA.
Es que debemos diferenciar lo que son meras opiniones (doxa) de lo que son conocimientos fundados (EPISTEME).
Las opiniones son pensamientos e ideas que tenemos sin haberlas fundamentado científica ni racionalmente, sino que las hemos aceptado de forma irreflexiva. Son las creencias que nuestra sociedad nos ha inculcado, lo que oímos en la televisión, lo que nos cuentan los amigos o incluso los padres, pero que nunca nos hemos parado a reflexionar ni a demostrar racionalmente. Por eso hay casi tantas opiniones sobre los más diversos temas como personas o culturas existen. Cada cual puede tener su opinión sobre el aborto, sobre la guerra, sobre cómo habría que acabar con la crisis económica o sobre qué jugador debe ser elegido para la selección nacional de fútbol. Pero las opiniones no tienen validez filosófica ninguna precisamente porque no han sido justificadas y fundamentadas racionalmente.
Por otra parte, los seres humanos también tienen conocimientos, que son ideas y pensamientos también, pero que han sido demostrados con experimentos, con deducciones lógicas o con pruebas de cierta índole científica.
Por ejemplo, cuando un enfermo siente dolor de pecho, puede que su pareja o sus amigos le digan que probablemente tendrá un infarto. Eso no serían más que opiniones porque esas personas no pueden justificar por qué creen ellos tal cosa. Sin embargo, si ese enfermo va al médico y este, tras hacerle unas pruebas, cree que el enfermo ha sufrido un infarto, aunque coincida con sus familiares, lo que él ha hecho no es dar su “opinión”, sino establecer una verdad científica. El médico tiene conocimientos de medicina, los que no son médicos sólo tienen opiniones sobre medicina. Y así sucede con todas las ramas del saber humano.
La filosofía, por tanto, aspira a alcanzar conocimientos y no tiene el más mínimo interés en las opiniones. Por eso lo que intenta un filósofo es abandonar todas las opiniones, ¡incluso las opiniones propias!, para sustituirlas por conocimientos.

2.      ABRIRSE A LA ALTERIDAD PARA EMPEZAR A DUDAR
Pero para dudar incluso de las opiniones propias, cuando uno de verdad cree tener razón en lo que opina, es necesario contrastar, cotejar dichas opiniones con las opiniones de los demás.
En latín “alter” significa “otro”, de ahí que “alteridad” signifique “lo otro”, “lo ajeno a mí”. El verdadero filósofo debería abrirse a los demás, a los otros, a las opiniones ajenas para comprobar que lo que él creía que era una verdad absoluta (sus propias opiniones) no es más que una forma –entre  otras muchas que existen– de ver el mundo.
El que nunca se abre a otras formas de ver el mundo, el que nunca sale de su propio entorno, de su propia ciudad, de su propia religión, de su propia opinión política, etc. es lo que se denomina un “cateto”, un “paleto”. Lo contrario de “cateto” es una “persona de mundo”, una persona que conoce mil y una formas de vivir, de pensar, de rezar. Las personas así, las que han visto mundo, suelen ser más comprensivas con los demás, más tolerantes, más abiertas.
El filósofo debe, pues, abrirse a los demás para así darse cuenta de que sus opiniones no son la verdad absoluta y, así, abandonar dichas opiniones y adentrarse en la aventura de encontrar conocimientos verdaderos que las sustituyan.

3.      EVITAR EL RELATIVISMO Y EL DOGMATISMO BUSCANDO LA VERDAD
Cuando uno busca la verdad puede caer en dos posiciones extremas: el relativismo y el dogmatismo. Son posturas contrarias entre sí, pero ambas deben ser evitadas en lo posible.
El relativismo considera que nunca podrá alcanzarse un verdadero conocimiento, un conocimiento en el que los seres humanos estén de acuerdo, un conocimiento objetivo. Como cada cual tiene su punto de vista, como la realidad está constantemente cambiando, es imposible alcanzar ninguna verdad absoluta. Por tanto, todo es relativo, y la opinión de las personas son tan verdaderas como los conocimientos de los sabios.
Lo contrario es el dogmatismo, la postura que defiende que la única verdad es la que yo poseo y que los demás están equivocados. Cuando uno no escucha las opiniones de los demás porque cree que la suya es la única válida y lo hace de forma irracional y acrítica, entonces se dice que esa persona es dogmática.
Pues bien, ambos extremos son enemigos de la filosofía. Si fuésemos relativistas radicales nunca intentaríamos alcanzar ningún conocimiento pues pensaríamos que es imposible. Si fuésemos tan dogmáticos que creyésemos tener ya la verdad absoluta en nuestro poder, tampoco intentaríamos dudar de ella para ver si estamos o no equivocados. Ambas posturas, relativismo y dogmatismo, son enemigas del pensamiento filosófico.
El filósofo debe ser consciente de que los demás pueden tener parte de verdad en sus opiniones aunque estas estén en contra de las nuestras, aceptando que no poseemos una verdad absoluta, pero también debe ser crítico con aquellas opiniones que no estén fundamentadas. Debemos buscar la verdad sabiendo que, aunque creamos haberla encontrado alguna vez, siempre puede ser revisada y criticada por los demás y, por ello, corregida y perfeccionada con el tiempo.

4.      RECONOCER UN DISCURSO RACIONAL
Antes hemos dicho que el filósofo debe abandonar las opiniones para sustituirlas por conocimientos racionales, científicos. ¿Pero cómo sabemos cuándo un discurso es racional y cuándo no lo es? Es fundamental para un filósofo saber diferenciar lo racional de lo irracional.
Podemos simplificar la respuesta diciendo que un discurso es racional cuando cumple los principios de la razón. ¿Y cuáles son estos? La ciencia que estudia la forma correcta de razonar es la LÓGICA (que estudiaremos en el bloque II) y esta tiene muchas reglas y principios. Pero todos ellos pueden reducirse a unos principios básicos del razonamiento:
·                     El principio de Identidad: Ej. “Una cosa es la que es”
·                     El principio de No Contradicción: Ej. “Una cosa no puede, al mismo tiempo y respecto al mismo tema, ser y no ser”
·                     El principio de Tercio Excluso o Tercero Excluido: Ej. “Por la mañana, cuando te levantas, o llueve o no llueve”
·                     El principio de Causalidad: Ej. “Cuando te pinchan, te duele”
El discurso que no respete alguno de estos principios puede decirse sin temor a dudas que es un discurso irracional.
Ya veremos más adelante cuántas formas hay de equivocarse y de pensar irracionalmente creyendo, sin embargo, que estamos razonando bien. Son las llamadas falacias del pensamiento. Un filósofo debe evitar las falacias siempre.

5.      EVITAR LOS SOBRENTENDIDOS
El lenguaje es parecido a un iceberg, constituido por una parte visible (las frases que pronunciamos para entrar en comunicación con los otros) y de una inmensa parte sumergida bajo lo que se dice y que es invisible (todo lo implícito, los sobrentendidos y otros presupuestos escondidos en nuestros discursos). Pues bien, esa parte invisible, aunque no aparece claramente, está cargada de sentido e influye mucho en el significado de lo que queremos decir.
Nuestras afirmaciones están cargadas de ideas que no explicitamos pero sobre las que basamos nuestra argumentación, de prejuicios que hemos heredado de nuestra educación, de nuestras familias y de nuestras sociedades. Decimos cosas cuyo significado va más allá de lo que parece a primera vista.
El filósofo debe ser capaz de reconocer, no sólo lo que las palabras significan en esa primera vista, sino de lo que implican, de los sentidos que conllevan y que muchas veces quedan ocultos a los ojos de los demás. Debemos aprender a captar en profundidad lo que un discurso quiere comunicar.


6.      RECHAZAR LAS EXPRESIONES SIN SENTIDO
Aunque la parte sumergida y oculta del lenguaje sea grande, no por ello debemos descuidar la parte visible del mismo. El filósofo debe tomarse el lenguaje en su totalidad en serio.
Muchas veces hay discursos que tienen apariencia de filosóficos o de científicos porque usan un lenguaje propio de la filosofía o de la ciencia. Sin embargo, cuando se analizan dichos discursos nos percatamos de que no tienen un sentido coherente, sino que son el resultado de mezclar aleatoriamente conceptos e ideas de forma irreflexiva o sin sentido. Es como encadenar frases de otros autores, ideas filosóficas y expresiones varias sin saber con claridad qué se está diciendo, o qué significan tales afirmaciones.
Es, pues, tarea del filósofo distinguir qué es un discurso verdaderamente filosófico y qué es mera palabrería vana y sin sentido.
Al mismo tiempo, no debemos dejarnos impresionar por aquellos que usan un lenguaje muy altisonante porque a veces, bajo la apariencia de tanta elocuencia, no hay ningún pensamiento interesante o personal.

7.      SER CAPAZ DE ANALIZAR LAS PARTES ESENCIALES DE UN TEXTO
Ya hemos visto que la filosofía está muy relacionada con el lenguaje, con saber distinguir lo que tiene sentido de lo que no, de saber apreciar los significados ocultos de las palabras, etc. Y el lenguaje, cuando se encadenan expresiones, forma un discurso. Pues bien, el discurso escrito, el texto, suele ser el vehículo principal a través del cual el filósofo estudia, medita y piensa.
Para poder acceder al pensamiento de los demás es fundamental que sepamos analizar un texto lo que equivale a decir analizar el pensamiento de un autor. Ante un texto debemos estar en condiciones de saber detectar, al menos, lo siguiente:
·                     El tema: Por ej. si es un texto metafísico, lógico o ético.
·                     La tesis principal: (qué defiende el texto) Por ej. si está a favor o en contra del aborto.
·                     Las fases de argumentación: qué razones ofrece y en qué orden para apoyar su tesis.

8.      DISTINGUIR UN PROBLEMA FILOSÓFICO DE OTRO QUE NO LO ES
Aunque la filosofía duda de todos nuestros prejuicios y de todas las opiniones, ello no significa que la filosofía se ocupe de todo. No todos los problemas que tienen los seres humanos, como sabemos, son filosóficos. Hay problemas matemáticos, problemas psicológicos, problemas físicos… y problemas filosóficos.
¿En qué consisten los problemas filosóficos?
Los problemas filosóficos no se plantean con la intención de satisfacer nuestros deseos, no tratan de proporcionarnos más agua o más dinero. Tampoco suelen tratar de las preocupaciones cotidianas de las personas como por ejemplo resolver mis dudas sobre si ver una película u otra, o si ir de vacaciones al mar o a la montaña.
Los problemas filosóficos tratan de asuntos de carácter más general y universal, intentando encontrar el sentido último de las cosas. Suele surgir por un conflicto entre dos proposiciones incompatibles que parecen verdaderas al mismo tiempo pero que se oponen de tal forma que la verdad de una implica necesariamente la falsedad de la otra. En definitiva, mientras que en un problema concreto lo que está en juego es la satisfacción de un deseo obstaculizado por un objeto real, lo que está en juego con los problemas filosóficos no es nada menos que la búsqueda de la verdad.
Plantear un problema filosófico es, generalmente, poner en evidencia una contradicción.
9.      MANTENER UN ORDEN EN EL DISCURSO
Al saber analizar un discurso (texto), también deberíamos saber construir nosotros nuestro propio discurso. Y para construir un discurso es fundamental, no sólo saber qué queremos defender y en qué basaremos nuestros argumentos, sino saber organizar tales argumentos para que tengan fuerza y coherencia transmitiendo con la mayor claridad posible nuestro pensamiento a los demás.
Un discurso filosófico no intenta defender una postura contra viento y marea, sino que pretende ser objetivo y justo incluso cuando aquello a donde nos lleva no sea lo que en un principio a nosotros nos gustaría más. Debemos ser objetivos incluso cuando la verdad no esté de nuestro lado.
Pues bien, para poder elaborar un discurso filosófico serio es necesario seguir al pie de la letra lo que nos recomiendan las siguientes herramientas:
·                     Conocer los errores (y aciertos) del pasado
·                     Argumentar si caer en falacias
·                     Dominar la deducción y la inducción
·                     Pensar por uno mismo (además de conocer a los grandes pensadores de la historia).

10.  CONOCER LOS ERRORES DEL PASADO
Para no caer en los mismos errores del pasado y no creer que hemos descubierto cosas que fueron dichas hace ya muchos años o siglos, es fundamental conocer el pensamiento de aquellos que filosofaron antes que nosotros. De ahí que para filosofar sea fundamental previamente conocer la historia de la filosofía, las teorías de los grandes pensadores y leer mucho.

11.  ARGUMENTAR BIEN SIN CAER EN FALACIAS8
Además, cuando consideremos que tenemos un pensamiento que debemos fundamentar y demostrar, es fundamental que nuestra argumentación no caiga en las temidas falacias. Como dijimos más arriba, una falacia es una argumentación que, aunque parece correcta, en realidad no lo es. Sería recomendable ir un momento a la unidad 3 apartado 1, dedicado a las falacias.

12.  DOMINAR LOS MÉTODOS DEDUCTIVO E INDUCTIVO
Para alcanzar una conclusión a partir de un razonamiento previo se utilizan los denominados “métodos científicos”. Los métodos científicos son formas de razonar que nos ayudan a sacar conclusiones lógicas y que evitan que extraigamos conclusiones erróneas. Es como el método de la suma, por ejemplo, que nos ayuda a resolver problemas matemáticos.
Pues bien, los dos métodos más generales de la ciencia son el método deductivo y el método inductivo. Ambos serán estudiados más adelante.

13.  INVOCAR A LOS GRANDES PENSADORES NO EXIME DE PENSAR
Por último, y no por ello menos importante, el filósofo que quiera hacer filosofía de verdad, aparte de conocer el pensamiento de los grandes autores filosóficos del pasado y del presente, debe pensar por sí mismo.
Si sólo nos limitásemos a conocer lo que los demás han pensado, seríamos unos eruditos, unos estudiosos pero no seríamos pensadores. Ser filósofo es pensar por uno mismo, someter al propio juicio las afirmaciones de los demás, y sacar nuestras propias conclusiones.

Así volvemos al principio; un filósofo no debe aceptar sin más lo que digan los demás, las opiniones o prejuicios ajenos (ni siquiera lo que digan los grandes filósofos) sino que debe someter todos sus pensamientos a la estricta vigilancia de su propia razón. 

viernes, 14 de agosto de 2015

LA POSIBILIDAD DE LA INMORTALIDAD DE LA CONCIENCIA HUMANA

Estimados seguidores y lectores,

Tengo el gusto de anunciarles la reciente publicación en formato digital (WWW.AMAZON.ES) de la obra  EL MUNDO Y LA MUERTE. En ella se trata de exponer, no sólo la posibilidad, sino la factibilidad de que la consciencia humana individual pueda perdurar existiendo incluso tras la muerte.



PUEDEN ADQUIRIRLA AQUI

SIN DIOSES, NI ESPÍRITUS O ALMAS, creemos que el mundo posee elementos suficientes (naturales, no sobre-naturales) como para contener posibilidades de futuro más amplias de las que hasta el momento somos capaces de vislumbrar.

Sin falsas promesas, sin videncias o adivinaciones. Se trata sólo de sustituir la habitual esperanza religiosa e irracional que nos ofrecen los sacerdotes, por una ESPERANZA RACIONAL Y FILOSÓFICA que nos ofrecen nuestra razón y nuestros sentidos.

Animo encarecidamente a que adquieran esta obra. Aunque pronto saldrá a la venta la edición en papel, la edición digital es idéntica y sólo cuesta 0,99 céntimos de euro.

Espero vuestros comentarios y os pido que le deis difusión entre vuestros contactos.

Saludos.

lunes, 6 de julio de 2015

NUEVA NOVELA CORTA DE CIENCIA FICCIÓN YA DISPONIBLE EN AMAZON

Estimados amigos,

(Pulsa AQUÍ) COMPRAR NOVELA (1,80€)

Acabo de poner a disposición del público una novela breve de ciencia ficción que escribí hace ya unos años.

Se trata de un mundo futuro, habitado exclusivamente por mujeres, donde los avances tecnológicos han sido tantos y tan importantes que ya no es necesario trabajar para vivir. Es la Nueva Era (DAT: Después de la Abolición del Trabajo).

Pero se suceden una serie de muertes, suicidios más bien, que no tienen explicación. A lo largo de todo el Sistema Solar, en las ciudades repartidas por los planetas y lunas de este, una plaga de "automuertes" está acabando con buena parte de la población humana.

La protagonista, llevada por el amor, va buscando una respuesta. Pasión, amargura, sectas religiosas y placeres mundanos son el marco donde se desarrolla la historia.

El lector, quizá, se percate de que ese mundo no sea tan distinto del nuestro. Y que sus soluciones también sean útiles para nuestros problemas actuales.

Espero que les guste.

lunes, 30 de junio de 2014

X CONGRESO AAFi: FILOSOFÍA EN TIEMPOS DE CRISIS



http://filosofiaentiempodecrisis.wordpress.com/

Estimados amigos y amigas:

Os escribo para avisaros de que el próximo mes de SEPTIEMBRE (12, 13 y 14) celebraremos en Sevilla el X CONGRESO DE FILOSOFÍA DE LA AAFi que se llamará FILOSOFÍA EN TIEMPOS DE CRISIS y en el que participarán importantes personalidades del mundo filosófico (comoSavater o Escohotado) así como de la política (Pimentel) y de la educación y la economía (Ver tríptico adjunto).

Sería estupendo poder contar con vuestra presencia. Toda la información y la inscripción podéis obtenerla en: http://filosofiaentiempodecrisis.wordpress.com/  

El lugar del congreso será LA CASA DE LA PROVINCIA (Diputación de Sevilla). Habrá mesas redondas dedicadas a Filosofía y crisis política, Filosofía y crisis económica, Filosofía y crisis social y Filosofía y crisis educativa en la que dos o tres ponentes abrirán un debate que, seguro, suscitará gran interés y moverá al diálogo filosófico. Realizaremos una jornada de "vino filosófico" la noche del sábado 13 en La Carbonería y muchas otras actividades de interés filosófico.

No faltéis. La Filosofía tiene mucho que decir en los tiempos que corren.

Un abrazo a todos/as.

Os pido un favor: reenviad este correo a todos aquellos de vuestros contactos que creáis que podrían estar interesados en asistir a un congreso de este tipo. 
Gracias.

miércoles, 4 de junio de 2014

¿POR QUÉ LA MONARQUÍA?

Estimados amigos,
os copio un artículo que escribí a finales del año pasado y que ahora creo que viene muy a cuento de la actualidad política española. A ver qué os parece.
¿POR QUÉ LA MONARQUÍA?
Los filósofos trabajamos con ideas, lo cual no tiene por qué implicar que seamos siempre idealistas o utópicos. La filosofía política se distingue muchas veces de la política misma en la medida en que plantea cómo deberían ser las sociedades, las leyes o la misma justicia desde una perspectiva puramente racional marcando ideales y marcos conceptuales a los que deberíamos tender. Sin embargo, no siempre fue así. Este año del quinto centenario de la publicación de la obra de Maquiavelo, El Príncipe, tenemos una buena muestra de que la filosofía política muchas veces debe plantearse los problemas políticos con una dosis menor de idealismo y una mayor de realismo y pragmatismo. Desde esta perspectiva pragmática y realista escribo en esta ocasión este artículo sobre la monarquía parlamentaria como el sistema político que debemos defender en la España de hoy día. Y estas son las razones que les ofrezco para la reflexión:
1. Los filósofos muchas veces pecamos de considerar el mundo desde una perspectiva puramente racional con lo que un amplio sector de la realidad se nos pasa desapercibido en nuestros análisis. Los seres humanos tenemos la capacidad (que precisamente nos hace humanos) de actuar siguiendo los dictados de nuestra razón. Pero no es menos cierto que tenemos una enorme cantidad de sentimientos e impulsos que no proceden de nuestra racionalidad que también nos constituyen. Los últimos estudios en psicología y neurología nos advierten de que la mayoría de las decisiones conscientes que tomamos han sido previamente decididas en zonas inconscientes de nuestros cerebros. Por tanto, a la hora de elegir pareja, de ser seguidores de un equipo de fútbol o de comprarnos un coche (eso lo saben muy bien los publicistas) no tomamos decisiones racionales, sino que racionalizamos a posteriori lo que nuestro inconsciente nos había dictado con anterioridad. Por otra parte, nos gustaría que todos los seres humanos fuesen racionales, así no tendría que haber policía, ni vigilantes en las tiendas, ni profesores vigilando exámenes, ni jueces, ni cárceles. Pero desgraciadamente no somos así. Somos fans de los colores de nuestro equipo, y devotos de esta o aquella religión, y decididos bebedores de esta y no de aquella marca de refrescos… y todo ello lo decidimos usando poco, si no nada, nuestra razón.
Pues bien, en el ámbito político también actuamos así. Quizá, si todos fuésemos puramente racionales, una república en la que pudiésemos elegir a nuestro jefe del Estado sería el modelo perfecto. Pero no somos así. Los símbolos (como la bandera, el himno nacional o la propia figura del monarca) nos imponen un respeto de índole no racional que hace que nos aglutinemos alrededor de ellos y actuemos como un único pueblo, otorgándoles a dichos símbolos cierto poder moral que nos sirve de guía en nuestros actos. Esta es mi primera razón para considerar que debemos conservar nuestra monarquía parlamentaria como símbolo que da estabilidad a la nación.
2. Los detractores de la monarquía suelen serlo porque consideran que dicha institución es heredera de un pasado autoritario y anti-democrático. Sin embargo, esta apreciación es fruto de un análisis muy superficial de dicha institución. Nadie hoy día, ni aun los más monárquicos, es partidario de la monarquía absoluta la cual, en todas sus formas, es inaceptable desde un punto de vista democrático. Pero la monarquía parlamentaria es algo muy distinto, compatible plenamente con la democracia. La monarquía parlamentaria no es un poder político, sino que los poderes políticos (ejecutivo, legislativo y judicial) son, o deberían ser, independientes. Además, en un estado de derecho como es el Estado español, la ley suprema es la Constitución y nadie debe estar situado por encima de la misma (ni aún la institución monárquica). Por otra parte, democrático no es simplemente aquello que votamos pues, de ser así, sólo sería democrática la elección del Parlamento y el Senado ya que en nada más participamos los ciudadanos directamente. La monarquía parlamentaria está sometida a la democracia pues depende de la máxima ley, la Constitución, que puede ser modificada por el Parlamento y este, a su vez, depende del pueblo. Si el Parlamento decidiese modificar la Constitución y cambiar aspectos que afecten a la Corona, estos aspectos se modificarían  con independencia de la voluntad del monarca. Por tanto, debe apoyarse la monarquía parlamentaria en tanto que institución democrática.
3. En las repúblicas un ciudadano es elegido por el pueblo para ser jefe del Estado por un período determinado. Esto es democrático y transparente, por supuesto. Y es, con seguridad, la opción más racional y la mejor. Pero, como dice el dicho popular, lo mejor es enemigo de lo bueno. Tenemos la desgracia de ver todos los días en los medios cómo nuestros dirigentes políticos de todos los signos son acusados de prevaricación, malversación de fondos, tráfico de influencias o cosas peores. Vemos también cómo ninguno de nuestros presidentes de gobierno sabía (ni sabe), por ejemplo, idiomas. La realidad no nos ofrece esperanzas ni, mucho menos, garantías de que un futuro presidente de la república fuese a ser mejor que los que ahora nos dirigen.
Por ello considero que, siendo cierto que la Corona debería mejorar en transparencia, una persona (como sería el Príncipe Felipe, por ejemplo) educada desde su más tierna infancia en diplomacia, leyes e idiomas y al que se le han inculcado los valores de la lealtad, la honestidad y el respeto por la democracia es en estos momentos históricos de nuestro país la mejor opción para representarnos en el exterior y en el interior (por aquello del respeto a los símbolos que dijimos antes).
4. Pese a todo lo dicho anteriormente, quizá tengamos que plantearnos que la monarquía que necesitamos no es exactamente la que tenemos. Don Juan Carlos ha hecho muchas y muy buenas cosas por nuestro país, es cierto, pero los últimos acontecimientos que nos han escandalizado en los telediarios nos hacen pensar que la institución, si queremos (y creemos que sería lo mejor) que se mantenga como base de la estructura de nuestro Estado, debería ser modificada en algunos aspectos fundamentales. Por ejemplo, el Rey debería ser responsable de sus actos y no irresponsable como hasta ahora; bajo ningún aspecto la Corona podría estar por encima de la Constitución; la transparencia de los actos y las cuentas de la Casa Real debería ser máxima; debería poderse abdicar o incluso, mediante vía parlamentaria, destituir a un monarca que incumpla gravemente sus obligaciones.
Si se hicieran modificaciones como estas, la institución monárquica ganaría en democracia y se adaptaría, sin dejar de existir, a los tiempos actuales. Lo cual, claro es, no podría hacerse sin modificar, a su vez, la Constitución. Pero no está España para experimentos. La crisis económica que nos ahoga es tan seria que lo último en que deberíamos pensar es en cambiar el sistema político de nuestro país. Necesitamos la monarquía, sí, pero necesitamos que sea más democrática y transparente.